jueves, 16 de enero de 2014

Sobre mitos, etnoprácticas, espiritismo y otras hierbas.



Desde tiempos ancestrales el proceso salud- enfermedad -entre otros fenómenos- ha estado vinculado al ser humano, en particular, y a los seres vivos, en general. En el devenir de la historia de la humanidad ha  habido muchas explicaciones y atribuciones sobre la enfermedad y su contraparte u opuesto refiriéndonos a la salud.
En un primer momento habían sido las distintas religiones (génesis, cosmogonías, teogonías) las que habían dado a la gente las respuestas a todas esas preguntas que se hacían. Estas explicaciones religiosas se transmitieron de generación en generación a través de los mitos. Un mito es una narración fabulosa e imaginaria que intenta dar una explicación no racional a la realidad; es un relato sobre dioses, un relato que pretende explicar el principio de la vida. A la par de un mito le acompaña un rito o viceversa. Por rito se entenderán aquellas  costumbres o ceremonias que siempre se repiten de la misma manera. El mito sustenta la idea a través de distintas narraciones y el rito establece las reglas para el culto o protocolo.

Sobre esto último las prácticas de salud, desde nuestros antepasados hasta la actualidad, no han estado alejadas de esta dinámica cultural. Se entenderá por prácticas de salud tradicional o etnoprácticas  a aquel conjunto de conductas, actitudes y acciones socialmente reconocidas y ejecutadas por las sociedades y los grupos sociales con un significado de recuperar la salud.  En el sentido estricto de la palabra, etnopráctica se puede definir como un conjunto de actividades y acciones que un grupo social realiza en base a un conocimiento empírico de medicina, costumbres o creencias religiosas para tratar una enfermedad.

La persona que realiza las etnoprácticas (curandero/a, sobador/a y partera) es denominada técnicamente como agente tradicional de salud, en otras palabras es una persona respetada y aceptada por la comunidad  para realizar tratamientos de enfermedades a través de la utilización de medios y recursos terapéuticos, con una visión e interpretación del proceso salud enfermedad desde la óptica de que un conglomerado social ha adquirido por la tradición, fenómenos sobrenaturales, la oralidad y la experiencia empírica.

Partiendo de lo anterior el fenómeno de las etnoprácticas es vinculante con la percepción mágica, las creencias, las prácticas, costumbres y la forma como referirse al estar bien (salud) o el estar mal (enfermedad); en otras palabras forma parte de la complejidad cultural, simbólica y lingüística  de un grupo de la sociedad En el sentido de civilización (utilizado por sociólogos y antropólogos) cultura es el conjunto de formas de vida creados, aprendidos y transmitidos de una generación a otra entre las y los miembros de una sociedad.

Respecto a este embrollo Jesús Martín Barbero en su texto: “Investigar las culturas en Latinoamérica. Memorias con algunos trazos generadores de futuro”, hace un cuestionamiento y a la vez una reflexión que se sustenta en las siguientes líneas:

…“De qué cultura hablamos cuando no hacemos memoria de las culturas incorporadas tanto a nuestros países como a nuestras vidas; y segundo, preguntándose acerca de qué cultura hablamos sino es una cultura capaz de devolverle sentido a la “salud pública”. Pues hubo un tiempo en que la salud hacía parte de lo público no como lo que atañía únicamente al cuidado de las enfermedades, sino a la salud de la vida en común, a la salud de la sociedad. Era cuando aún se hablaba de la seguridad social para hablar de la salud y del agua potable, de los acueductos y los alcantarillados, la iluminación de las calles y también la educación; era a ese conjunto a lo que se le llamaba “salud pública”.

Las culturas comienzan en los cuerpos, y es que desde ellos donde el ser humano construye su horizonte de mundo y sus mundos de vida. Ahora bien, hablar de cultura es como lo diría Fernando Ortiz en su texto: “Contrapunteo cubano del tabaco y el azúcar” anticiparse a estructuras de sentimiento: de qué olores, sabores y saberes están amasadas las culturas…

En cuanto al lenguaje lo entenderemos como el conjunto de sonidos que tienen un significado o, por lo menos, una intención. Un agente tradicional de salud tiene diferentes formas de expresar y de expresarse, con ello revela la percepción que tiene este agente tradicional con respecto al conocimiento de las enfermedades o las prácticas sanitarias que realiza, empleando para ello un lenguaje simbólico (verija, taba, rabadilla, “ojo”, mollera, entre otros términos)así como sus relaciones con los fenómenos de la naturaleza (influencia de la luna, la relación frío-caliente, percepciones sobre las relaciones sexocoitales, la relación de género: hombre-mujer, entre otros).

Las etnoprácticas en salud referidas nos llevan a deducir que aparte de la forma de curar y de atender los problemas de salud que conocemos en el seno de la población hay otras formas en cómo la población misma resuelve sus necesidades de salud.

A pesar de los avances de la ciencia y tecnología médica la praxis de las etnoprácticas ha existido y continúa en nuestro país a través de curanderos/as, parteras y sobadores. Adicionalmente la práctica de otros métodos paranormales o de corte esotérico, percepción extrasensorial o espiritista ha proliferado a nivel urbano y rural, medios masivos como la radio son utilizados por la población para consultar casos relacionados con la salud. Prácticas como la quiromancia (lectura de las manos); cartología (interpretación de las cartas del tarot y naipe español); cafeomancia (lectura del fondo de una taza de café);iridología (lectura del iris del ojo); prueba del puro (a través de la quema de la brea de un puro); carta natal (resultado de la cabalística o numerología según fecha de nacimiento);  clarividencia (predicción del futuro), ritual con candelas de colores, entre otras, serán temáticas abordadas en otras entregas de su Suplemento Tres Mil.

En esta oportunidad por las limitaciones de tiempo nos ocuparemos a resumir la experiencia de una persona que realiza actividades como sobador, a la cual por cuestiones éticas nos reservamos el nombre pero denominaremos con el apelativo de Quezada. Quezada tiene una gran trayectoria con una de las prácticas sanitarias de mayor aceptación en el país, y es la relacionada con “sobar” y dar masajes a dolencias de niños y niñas, hombres y mujeres de todas las edades, relacionadas éstas con fracturas, luxaciones, torceduras, esguinces y otras patologías resultado de golpes, stress, problemas de columna (hernias a nivel de vértebras) como dolores de pecho y empachos.
 
Esta práctica de “sobar” y dar masajes es a lo que él le hace autodenominarse “quinesiólogo”, término que lo relaciona con la dinámica de estar en permanente contacto con los escenarios deportivos del complejo donde trabaja. Quezada refiere que esta destreza de calmar  el dolor, de aliviar dolencias y el de curar tiene una trayectoria de hace 40 años y cuyo inicio proviene de origen divino, que es un don que Dios le ha dado. Cuenta que esta gracia le fue puesta cuando tenía 20 años a través de un niño, como de 10 años de edad, que encontró en una de las veredas de la campiña de Coatepeque y que le dijo: “Quezada, impone tus manos en este brazo que tengo zafado” y así lo hizo. Cuando visiblemente el brazo “descompuesto” se le hizo llegar a su lugar, el niño se despidió anunciándole que a partir de ese momento su misión –de carácter divino- era el ayudar a las personas con ese don en sus manos. Al volver a ver el rumbo que éste llevaba… ¡desapareció de la nada! Desde entonces cura personas.

Según Quezada el don que posee  radica que a nivel táctil: él escucha sonidos a través de sus dedos que le permiten detectar la dolencia o el mal que la persona presenta en sus articulaciones, músculos, órganos o tejidos. Esta situación ya es de conocimiento y respeto por parte de los agentes institucionales de salud, con los cuales no tiene contacto con ellos a menos que personal clínico de la Unidad Comunitaria de Salud Familiar de su domicilio le refieran a algún paciente  para que él los evalúe.
Las características de las prácticas sanitarias que Quezada realiza están basadas en un modelo de medicina divino- tradicional ya que aplica un tratamiento de la enfermedad a través de la utilización de medios y recursos terapéuticos, con una visión e interpretación del proceso salud enfermedad desde la clariaudiencia divina (primero le habló un ángel a través de un medio= un niño; la segunda una mujer que le visitó a su casa para que la sobaran cuando él pensaba retirarse y la tercera y última vez cuando se le presentó en un sueño una imagen luminosa que aparentaba un ángel).

Los tratamientos que Quezada  aplica son eminentemente de carácter empírico, descartando por completo las prácticas rituales. Retoma textualmente citas bíblicas, refiere que a pesar que sus prácticas tienen un origen divino,  él no profesa ningún tipo de religión. Quezada nos comparte que desde que inició con estas prácticas, hace más de 40 años, ha atendido a más de 30,000 personas de todos los rincones de país y de otros de la región (con un promedio de 30 personas diarias), las cuales lleva  registrado en un libro (registro no significa expediente, control o seguimiento al paciente, sino más bien tomarle el nombre). Los horarios de atención son todo el día, es decir de las 8:00 a las 16:00 horas, y el punto de contactarlo es en el complejo deportivo o en casos de emergencia en su casa de habitación. El costo por atención queda a voluntad del usuario del servicio, cuyo promedio, en la actualidad, oscila entre los USD  $ 1.00 a $ 5.00.

Para Quezada la enfermedad se origina por factores sobrenaturales y naturales. Ambos factores están originados por categorías dialécticas de causa efecto; así tenemos el de “portarse bien o mal”, “lo frío y lo caliente”, “lo externo y lo interno” (para el caso el efecto de la luna hacia los seres humanos, animales y plantas). Dentro de los recursos e instrumentos más comunes que utiliza se tienen: pomadas (bálsamo indio), vendas, férulas (para entablillados), extractos de plantas (suelda con suelda), miel de abeja, pastillas varias, parches, entre otros. A manera de ejemplo, el tratamiento típico que Quezada haría, a través de “emplastos” una persona padeciendo artritis  saldría resultado de  disolver un bote de alcohol artrítico en 4 pastillas  de alcanfor; 4 sobres de mentol cristalizados más 4 pastillas Aspiricán de 500 mg.
Con una sobada a nivel de columna Quezada podría detectar problemas como: aire, abertura de columna, golpes, tendones afuera, pelvis levantada y hernias vertebrales a diferentes niveles. Los cuadros más comunes que atiende son stress, “riumas” (reumatismo), artrosis, tendones encogidos o enrollados, ligamentos cruzados, artritis, gemelos cruzados o desgarre en gemelos. El aire producto de una “mala carga” o el bañarse con el cuerpo caliente se trata con masajes todos los días, por 15 días consecutivos; después cada 15 días, para finalmente una vez al mes. Para ello después del masaje hay que colocarse en la columna una faja o venda empapada con mil de abeja  y ponerse cada día un parche nuevo.
Quezada es claro y convincente con las prácticas que realiza, reconoce que algunas prácticas hospitalarias referidas a la ortopedia son buenas, no todas, pero cuando hay fracturas lo mejor es llevarlos a un hospital para que lo inmovilicen y enyesen.

Para ir culminando este escrito y partiendo de la definición de cultura como conjunto de recursos materiales e intelectuales de que se vale un pueblo para conocer y dominar la naturaleza y servirse de ella y procurarse una vida más humana, más libre por ser menos dependiente de las fuerzas de la naturaleza y también de otros pueblos y clases; José Humberto Velásquez, filósofo salvadoreño, elabora el concepto de cultura popular aclarando que en una sociedad de clases no toda la cultura es patrimonio de todos, pues los sectores se reservan los elementos culturales que permiten mantener la dominación y vivir satisfactoriamente, dejando al pueblo un equipo cultural desventajoso, integrado por conocimientos y habilidades asociados al trabajo productivo, pero a nivel manual y empírico.

El fenómeno de las prácticas sanitarias tradicionales no es un problema de cultura, como lo presentan los culturalistas, sino más bien un problema de estructura. El análisis histórico de los factores estructurales que configuraron la cultura popular, pone de manifiesto la acción modeladora de la clase e ideologías dominantes; y deja al descubierto las raíces económicas y estructurales del problema.
A nivel comunitario los sobadores, curanderos, parteras y otros agentes de salud tradicional representan la versión popular  de los modernos médicos y enfermeras. El sobador aparece a nivel de la comunidad como un trabajador de la salud “especializado”, producto de la división natural y social del trabajo. También el sobador ocupa, junta a la partera y a los curanderos, un lugar privilegiado dentro de la salud ocupacional. Estos agentes ejercen su oficio en forma distinta, no sólo en lo referente a tratamientos y fármacos, sino también en lo referente a capacidad de servicio o identificación cultural. Están totalmente estigmatizados, excluidos y marginados, y son quienes realizan las prácticas sanitarias tradicionales desempeñando una función social que es preciso destacar como componente innegable del servicio médico que recibe la comunidad.

El “perfil profesional” de Quezada está relacionado con  fuerzas sobrenaturales, pero por la praxis misma, el respeto y el reconocimiento popular a su labor determinará una tradición cuyo final desconoceremos.

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